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Una joya en la 26

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Emi Gutiérrez

 

 

Emi Gutiérrez lleva medio siglo de vida entre joyas. Desde la década de los 60s, cuando llegó con su familia procedentes de Cuba y su padre empezó a trabajar en un taller de joyería en el norte de Chicago. Entonces era un niño, que aprendió a reparar piezas.

 

Más tarde, sus padres instalaron en la 26 la joyería Gutiérrez, un negocio que duró 30 años como la principal actividad y sustento familiar. Cuando cerraron el local, Emi no tenía ningún proyecto mejor que instalar su propia joyería.

 

Dos décadas después de abrir Emi & Sons, la venta de joyas sigue siendo su pasión, para lo que invierte muchas horas. “Ser joyero no es fácil porque no se ofrece un producto que se necesite, sino una opción, y es algo que se viene a comprar solo si se tiene dinero de más. Es duro mantener una joyería”, dice.

 

No obstante, la clientela nunca le falta. Muchos de ellos son clientes de todos esos 20 años que regresan a comprar y lo recomiendan, y él sigue dando una atención personal de calidad. También continúa trabajando con las manos las piezas y reparación de ellas, algo que no ha dejado de gustarle desde hace 50 años que lo empezó a aprender.

 

La ubicación de Emi & Sons en la calle 26, a cuadra y media donde instalaron sus padres la joyería Gutiérrez, también tiene para él un gran significado. “Yo crecí en este barrio, aquí viví y fui a la escuela. La Villita es un lugar donde la gente trabaja duro para obtener lo que quiere”, expresó.

 

Sus cuatro hijos han crecido en este vecindario pero a ninguno le interesó la joyería, aunque su padre le puso el nombre Emi & Sons a su negocio en espera de involucrarlos en el mismo. Todos tienen su propia ocupación, el mayor está en los Marines, el segundo y tercero en el sindicato de electricistas, y el cuarto estudia la universidad y trabaja en un Starbucks.

 

Eso no le quita la esperanza a Emi de que alguno de ellos llegue a interesarse por continuar con la joyería algún día, “desde que la abrí tuve eso en mente, y les di la oportunidad de que aprendieran el negocio. Uno nunca sabe las vueltas que da la vida”.

 

Por lo pronto, Emi ve para su joyería un buen futuro, “no es un negocio que me está dando millones de dólares, pero para lo que yo necesito está bien”. Y para la calle 26 también augura algo bueno a pesar de los cierres de negocios que han ocurrido, y un daño que distingue al comercio detallista por las compras en línea

 

“Aquí he estado casi 50 años en el barrio. Medio siglo, toda mi vida. Me encanta la 26, aunque ha cambiado en este tiempo sigue siendo la 26. Han tratado de cambiarle el nombre pero yo creo que siempre va a ser la 26”, concluyó.

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