A National Award-Winning Publication

Miles de niños perdieron a sus padres por Covid

Perdieron a padres por covid

Cinco meses después de que su esposo muriera por covid-19, Valerie Villegas puede ver cómo el duelo ha marcado a sus hijos.

Nicholas, el bebé, que tenía 1 año cuando murió su padre y casi desteta, ahora quiere tomar la teta a toda hora, y llama a cada hombre alto de cabello oscuro “Dada”, la única palabra que conoce. Robert, de 3 años, sufre frecuentes rabietas, dejó de usar la pelela, y teme contagiarse gérmenes. Ayden, de 5, anunció recientemente que su trabajo es “ser fuerte”, y proteger a su madre y a sus hermanos.

Sus hijos mayores, Kai Flores, 13, Andrew Vaiz, 16 y Alexis Vaiz, 18, a menudo están callados, tristes o enojados. A los dos mayores les recetaron antidepresivos poco después de perder a su padrastro porque la ansiedad no los dejaba concentrarse o dormir.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Cómo ahorrar dinero: 7 consejos para pequeñas empresas

“Paso la mitad de las noches llorando”, dijo Villegas, de 41 años, enfermera de cuidados paliativos de Portland, Texas. Se quedó viuda el 25 de enero, solo tres semanas después de que Robert Villegas, de 45, conductor de camión fuerte y saludable, experto en jiujitsu, diera positivo para el virus.

“Mis hijos son mi principal preocupación”, dijo. “Y necesitamos ayuda”.

Pero en una nación donde los investigadores calculan que más de 46,000 niños han perdido a uno o ambos padres a causa de covid desde febrero de 2020, Villegas y otros sobrevivientes dicen que encontrar servicios básicos para que sus hijos sobrelleven el luto (consejería, grupos de apoyo, asistencia financiera) ha sido difícil, si no imposible.

“Dicen que está ahí”, dijo Villegas. “Pero intentar conseguirla ha sido una pesadilla”.

Las entrevistas con casi dos docenas de investigadores, terapeutas y otros expertos en pérdida y duelo, así como con familias cuyos seres queridos murieron por covid, revelan hasta qué punto el acceso a grupos de duelo y terapeutas se volvió escaso durante la pandemia. Los proveedores pasaron a ofrecer visitas virtuales y las listas de espera aumentaron, lo que a menudo dejó a los niños desamparados y a sus padres sobrevivientes, solos.

“Perder a un padre es devastador para un niño”, dijo Alyssa Label, terapeuta de San Diego y gerenta de programas de SmartCare Behavioral Health Consultation Services. “Perder a un padre durante una pandemia es una forma especial de tortura”.

Los niños pueden recibir beneficios destinados a sobrevivientes cuando un padre muere, si el padre trabajó el tiempo suficiente en un empleo “en blanco”, pagando impuestos al Seguro Social. Durante la pandemia, el número de hijos menores de trabajadores fallecidos que recibieron nuevos beneficios ha aumentado, llegando a casi 200,000 en 2020, frente a un promedio de 180,000 en los tres años anteriores.

Los funcionarios de la Administración del Seguro Social (SSA) no rastrean la causa de la muerte, pero las cifras más recientes marcaron la mayor cantidad de beneficios otorgados desde 1994. Las muertes por covid “indudablemente” alimentaron ese aumento, según la Oficina del Actuario Jefe de la SSA.

Y el número de niños elegibles para esos beneficios seguramente es mayor. Solo cerca de la mitad de los 2 millones de niños en los Estados Unidos que perdieron a un padre en 2014 recibieron los beneficios del Seguro Social a los que tenían derecho, según un análisis de 2019 realizado por David Weaver de la Oficina de Presupuesto del Congreso.

Los consejeros dijeron que encuentran que muchas familias no tienen idea de que los niños califican para los beneficios cuando muere un padre que trabaja, o no saben cómo inscribirse.

En un país que ofreció ayuda filantrópica y gubernamental a los 3,000 niños que perdieron a sus padres a causa de los ataques terroristas del 9/11, no ha habido un esfuerzo organizado para identificar, rastrear o apoyar a las decenas de miles de niños de luto por covid.

“No tengo conocimiento de ningún grupo que esté trabajando en esto”, dijo Joyal Mulheron, fundador de Evermore, una fundación sin fines de lucro que se enfoca en políticas públicas relacionadas con el luto. “Debido a que la escala del problema es tan grande, la escala de la solución debe estar a la misma altura”.

Covid se ha cobrado más de 600,000 vidas en el país. En una publicación en la revista JAMA Pediatrics, investigadores calcularon que por cada 13 muertes causadas por el virus, un niño menor de 18 años ha perdido a un padre. Al 15 de junio, eso se traduciría en un estimado de más de 46,000 niños. Tres cuartas partes de los niños son adolescentes; los otros tienen menos de 10 años. Aproximadamente el 20% de los niños que han perdido a sus padres son afroamericanos, aunque constituyen el 14% de la población.

“Existe esta pandemia en la sombra”, dijo Rachel Kidman, profesora asociada de la Universidad Stony Brook en Nueva York, que formó parte del equipo que encontró una manera de calcular el impacto de las muertes por covid. “Hay una gran cantidad de niños de luto”.

La administración Biden, que lanzó un programa para ayudar a pagar los costos de los funerales de las víctimas de covid, no respondió a las preguntas sobre la ayuda para estos niños.

No abordar la creciente cohorte de niños en duelo, ya sea en una sola familia o en general, podría tener efectos duraderos, dijeron investigadores. La pérdida de un padre en la infancia se ha relacionado con mayores riesgos de adicciones, problemas de salud mental, bajo rendimiento escolar, menor asistencia a la universidad, menor empleo y muerte prematura.

“El duelo es el estrés más común y lo más estresante que las personas atraviesan en sus vidas”, dijo el psicólogo clínico Christopher Layne del Centro Nacional de Estrés Traumático Infantil de UCLA /Duke University. “Merece nuestro cuidado y preocupación”.

Es posible que entre el 10% y el 15% de los niños y otras personas en duelo por covid podrían cumplir con los criterios de un nuevo diagnóstico, el trastorno de duelo prolongado, lo que podría significar miles de niños con síntomas que requieren atención clínica. “Esta es literalmente una emergencia de salud pública nacional”, dijo Layne.

Aún así, Villegas y otros dicen que en gran medida se han quedado solos para navegar por un confuso mosaico de servicios comunitarios para sus hijos, mientras luchan con su propio dolor.

“Llamé a la consejera de la escuela. Me dio algunos pequeños recursos sobre libros y esas cosas”, dijo Villegas. “Llamé a una línea directa de crisis. Llamé a los lugares de asesoramiento, pero no pudieron ayudar porque tenían listas de espera y necesitaban seguro. Mis hijos perdieron su seguro cuando murió su padre”.

La interrupción social y el aislamiento causados ??por la pandemia también abrumaron a los proveedores de atención del duelo. En todo el país, las agencias sin fines de lucro que se especializan en el duelo infantil dijeron que se han apresurado a satisfacer la necesidad y pasar de la participación en persona a la virtual.

“Fue un gran desafío; era algo muy ajeno a nuestra forma de trabajar”, dijo Vicki Jay, directora ejecutiva de la National Alliance for Grieving Children. “El trabajo de duelo se basa en las relaciones y es muy difícil establecer una relación con una sola pieza de la maquinaria”.

En Experience Camps, que cada año ofrece campamentos gratuitos de una semana a aproximadamente 1,000 niños de luto en todo el país, la lista de espera ha crecido más del 100% desde 2020, dijo Talya Bosch, asociada de Experience Camps. “Es algo que nos preocupa: muchos niños no reciben el apoyo que necesitan”, dijo.

Los consejeros privados también se han visto superados. Jill Johnson-Young, copropietaria de Central Counseling Services en Riverside, California, dijo que sus casi tres docenas de terapeutas han sido contratados sólidamente durante meses. “No conozco a ningún terapeuta en el área que no esté colmado en este momento”, dijo.

La doctora Sandra McGowan-Watts, de 47 años, médica familiar en Chicago, perdió a su esposo, Steven, a causa de covid en mayo de 2020. Se siente afortunada de haber encontrado un terapeuta en línea para su hija, Justise, quien le ayudó a entender por qué su hija de 12 años estaba tan triste por las mañanas: “Mi esposo era quien la despertaba para la escuela. La ayudaba a prepararse para la escuela”.

Justise también pudo obtener un lugar en una sesión de Experience Camps este verano. “Estoy nerviosa por ir al campamento, pero estoy emocionada por conocer nuevos niños que también han perdido a alguien cercano en su vida”, dijo.

Jamie Stacy, de 42 años, de San José, California, se conectó con un consejero en línea para su hija, Grace, de 8, y sus hijos gemelos, Liam y Colm, de 6, después de que su padre, Ed Stacy, muriera de covid en marzo de 2020 a los 52.

Solo entonces aprendió que los niños pueden sufrir de manera diferente a los adultos. Tienden a centrarse en preocupaciones concretas, como dónde vivirán y si sus juguetes o mascotas favoritos estarán allí. A menudo alternan períodos de juego con momentos de tristeza rápidamente para evitar confrontar sus sentimientos de pérdida.

“Los chicos jugarán con Legos, se lo pasarán en grande, y de repente te arrojarán una bomba: ‘Sé cómo puedo volver a ver a papá. Solo tengo que morir y volveré a ver a papá ‘”, dijo Stacy. “Y luego vuelven a jugar a Legos”.

Stacy dijo que la consejería ha sido crucial para ayudar a su familia a navegar en un mundo donde muchas personas están marcando el fin de la pandemia. “No podemos escapar del tema del= covid-19 ni siquiera por un día”, dijo. “Siempre está en nuestra cara, donde sea que vayamos, un recordatorio de nuestra dolorosa pérdida”.

Mientras tanto, Villegas, en Texas, ha regresado a su trabajo en cuidados paliativos y está comenzando a reconstruir su vida. Pero cree que debería haber ayuda formal y apoyo para familias en duelo como la suya, cuyas vidas han sido marcadas a fuego por el mortal virus.

“Ahora todos están volviendo a sus vidas normales”, dijo. “Pueden volver a sus vidas. Pero yo creo que mi vida nunca volverá a ser normal “.

JoNel Aleccia, Kaiser Health News

KHN (Kaiser Health News) es la redacción de KFF (Kaiser Family Foundation), que produce periodismo en profundidad sobre temas de salud. Junto con Análisis de Políticas y Encuestas, KHN es uno de los tres principales programas de KFF. KFF es una organización sin fines de lucro que brinda información sobre temas de salud a la nación.

 

Condados más ricos del país, abrumados por el aumento del hambre infantil

Hambre infantil

Alexandra Sierra puso cajas de comida en la mesada de su cocina, donde su hija Rachell, de 7 años,  revolvía una jarra de limonada.

“¡Oh, Dios mío, huele tan bien!”, dijo Sierra, de 39 años, sobre el “tesoro” que acababa de recoger en un banco de alimentos, mientras sacaba una ensalada y un recipiente con sopa.

Sierra organizó la comida donada y planeó el almuerzo para Rachell y sus hermanos, de 9 y 2 años, mientras la reportera miraba a través de FaceTime. Le dijo que no sabía qué harían sin ayuda.

La familia vive en el condado de Bergen, Nueva Jersey, una zona densamente poblada de 70 municipios frente a Manhattan, con una población de 950,000 personas, la mayoría de ellas con salarios que representan al 1% de ingresos más altos a nivel nacional.

Pero Sierra y su esposo, Aramon Morales, nunca ganaron mucho dinero y ahora están sin trabajo debido a la pandemia.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: YouTube lanza en Estados Unidos su nuevo servicio de video corto

Las consecuencias económicas de Covid-19 han hecho que el hambre infantil aumentara a niveles récord. La necesidad ha sido extrema desde que comenzó la pandemia, y pone de relieve las enormes brechas en la red de seguridad de la nación.

Si bien todos los condados de los Estados Unidos han experimentado un aumento en las tasas de hambre, los incrementos más pronunciados se registran en algunos de los condados más adinerados, donde la riqueza general oscurece las frágiles finanzas de los trabajadores con salarios bajos.

Y estas comunidades no están tan preparadas para afrontar la situación como los lugares que han estado confrontado la pobreza por largo tiempo, y que ya están equipados con redes solidarias de distribución de alimentos sólidas y organizadas.

Los datos del grupo de defensa contra el hambre Feeding America y la Oficina del Censo de los Estados Unidos muestran que los condados que experimentan los mayores aumentos estimados en la inseguridad alimentaria infantil en 2020, en comparación con 2018, generalmente tienen ingresos familiares medios mucho más altos que los condados con cambios más pequeños.

En Bergen, donde el ingreso familiar promedio es de $101,144, se estima que el hambre infantil ha aumentado en un 136%, en comparación con el 47% a nivel nacional.

Eso no significa que los condados ricos tengan la mayor proporción de niños hambrientos. Se estima que el 17% de los niños de Bergen padecen hambre, en comparación con un promedio nacional de alrededor del 25%.

Pero generalmente es más difícil encontrar ayuda en los lugares más ricos. El próspero condado de St. Charles, en Missouri, al norte de St. Louis, con una población de 402,000 habitantes, ha experimentado un aumento del hambre infantil de un 69% y tiene 20 sitios que distribuyen alimentos del St. Louis Area Foodbank. La ciudad de St. Louis, con una población de 311,000, tiene un incremento del 36%, pero cuenta con 100 sitios de distribución.

“Existe una gran diferencia en la forma en la que los distintos lugares están preparados, o no, para lidiar con esto y cómo han luchado para abordarlo”, dijo Erica Kenney, profesora asistente de nutrición de salud pública en la Universidad de Harvard. “El sistema de alimentación solidaria se ha visto muy afectado”.

Eleni Towns, directora asociada de la campaña No Kid Hungry, dijo que la pandemia “deshizo el progreso de una década en la reducción de la inseguridad alimentaria”, que el año pasado amenazó al menos a 15 millones de niños.

Y aunque el plan de ayuda por covid del presidente Joe Biden, que promulgó como ley el 11 de marzo, promete ayudar con medidas contra la pobreza, como pagos mensuales a las familias de hasta $300 por niño este año, no está claro hasta dónde llegará la legislación para abordar la emergencia del hambre.

“Definitivamente es un paso en la dirección correcta”, dijo Marlene Schwartz, directora del Rudd Center for Food Policy and Obesity de la Universidad de Connecticut. “Pero es difícil saber cuál será el impacto”.

Más necesidad en áreas de abundancia

Después que golpeara la pandemia, el gobierno federal aumentó los beneficios del Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP) y ofreció tarjetas de transferencia electrónica de beneficios para compensar las comidas escolares gratuitas o a precio reducido mientras los niños tomaban clases desde sus casas.

La familia de Sierra vio que sus beneficios SNAP, de aproximadamente $800, al mes aumentaron levemente y recibió dos de esos pagos electónicos, por un valor de $434 cada uno. Pero al mismo tiempo, perdieron sus principales fuentes de ingresos. Sierra tuvo que dejar su trabajo en un depósito de Amazon cuando la escuela de los niños se volvió virtual, y Morales dejó de conducir para Uber cuando los viajes se volvieron escasos y temía tener covid, además de su asma.

El alivio federal no fue suficiente para ellos y para muchos otros. Así que acudieron en masa a los bancos de alimentos.

En teoría, las despensas, y los bancos de alimentos que los abastecen, son parte de un sistema de emergencia diseñado para crisis de corto plazo, dijo Schwartz. “El problema es que en realidad se han convertido en una fuente estándar de alimentos para mucha gente”.

En el condado de Bergen, el año pasado, el Center for Food Action ayudó a 40,500 hogares, frente a los 23,000 del año anterior. En el condado de Eagle, Colorado, donde se encuentra la estación de esquí Tony Vail, el banco de alimentos Community Market cuadruplicó su número de clientes, a 4,000.

Y en las afueras de Boston, en el próspero condado de Norfolk, en Massachusetts, donde los datos de Feeding America muestran que el hambre infantil aumentó de un 6% estimado a un 16%, los clientes de Dedham Food Pantry se triplicaron: ahora son 1,800.

“Esto está simplemente fuera de control en comparación con otras épocas”, dijo Lynn Rogal, vicepresidenta de la despensa de Dedham, que abrió por primera vez en 1990.

Los gerentes de la despensa dijeron que un número desproporcionado de clientes pertenecen a grupos minoritarios. Muchos perdieron trabajos en el sector de servicios. Julie Yurko, directora ejecutiva del Northern Illinois Food Bank, dijo que hasta la mitad de sus clientes actuales nunca habían buscado ayuda antes.

“A principios de enero, tuvimos que empujar una minivan blanca con tres niños, de 5 años o menos. Se habían quedado sin gasolina allí ”, dijo Yurko. “La mamá estaba llorando y sus hermosos hijos estaban sentados mirándola”.

Kelly Sirimoglu, vocera del Center for Food Action de Nueva Jersey, dijo que el estigma en torno a buscar ayuda puede ser peor en las áreas ricas. Agregó que algunas personas le dicen: “Nunca pensé que estaría en la fila para buscar comida”.

Defensores dijeron que la renuencia a buscar ayuda significa que es probable que la necesidad sea aún mayor de lo que parece.

Katie Wilson de St. Charles, Missouri, dijo que un amigo de un amigo le comentó sobre una despensa de alimentos dirigida por Sts. Joachim & Ann Care Service. Casi no fue. La madre soltera con dos hijos, de 11 y 9, perdió su trabajo como auditora de hotel en junio y trató de sobrevivir sin sus ingresos durante dos meses.

“Nos encontramos en una situación en la que era ‘calefacción o comida’”, dijo Wilson, de 42 años, al describir tener que elegir entre calentar su casa o comprar comida. “Fue muy difícil mirar alrededor y decir: ‘No hay nada para comer’”.

Luchando por llegar a fin de mes

A medida que el hambre se ha vuelto más visible, han aumentado las donaciones a organizaciones de alimentos. Pero no abordan el problema central de una infraestructura que no se adapta a la nueva necesidad.

Algunas despensas están abiertas solo unas pocas horas a la semana en sótanos de iglesias, muy lejos de las que operan regularmente y parecen supermercados. Muchas despensas pequeñas tuvieron dificultades para cambiar a la distribución de alimentos al aire libre durante la pandemia o encontrar nuevos ayudantes cuando los pocos voluntarios, generalmente adultos mayores, se sentían inseguros haciendo el trabajo.

“Definitivamente es más difícil en estos lugares”, dijo Yurko, cuyo banco de alimentos distribuye en el condado de Kendall, Illinois, que tiene solo tres despensas para una población de 129,000. “Las redes de seguridad no son tan sólidas”.

Una red sólida también requiere que las despensas cooperen entre sí, y con la gama más amplia de servicios sociales locales. Eso ha estado sucediendo durante años en Flint, Michigan, dijo Denise Diller, directora ejecutiva de Crossover Downtown Outreach Ministry, que administra una despensa. Las agencias y los líderes comunitarios se unieron en 2014 cuando el plomo envenenó el agua potable.

“Por eso, cuando apareció covid, ya estábamos listos”, dijo Diller.

Atlanta también. Como en Flint, el hambre nunca estuvo Escondido en la ciudad; el 15% de los niños del condado de Fulton, que incluye a Atlanta, pasaban hambre antes de la pandemia.

Después que se suspendieran los turnos de voluntarios por covid, el Atlanta Community Food Bank le pidió a la Guardia Nacional de Georgia que ayudara a clasificar, empacar, almacenar y entregar alimentos para satisfacer las necesidades del 22% estimado de niños que padecen hambre.

El banco de alimentos también se asoció con siete distritos escolares en más de 30 despensas móviles.

Tal coordinación y conexiones faltaron en el condado de Bergen, donde 80 despensas trabajaban en su mayoría de forma aislada cuando golpeó la pandemia, explica Tracy Zur, comisionada del condado. “No estaban colaborando. Iban por el mismo camino que habían hecho durante décadas”, dijo. “Existía la necesidad de cambiar la antigua forma de hacer las cosas y trabajar juntos para tener más impacto”.

Zur lideró la creación de un grupo de trabajo de seguridad alimentaria en julio, llegando a líderes municipales y religiosos. Los objetivos incluyen alimentar a las personas, conectarlas con otros servicios y convertir algunos programas de alimentos de emergencia en despensas completas. “Construir una infraestructura es trabajoso y continuo”, dijo.

Ahora, agregó Zur, las despensas están comenzando a compartir entre sí cuando una recibe una gran donación de artículos perecederos, como huevos o leche.

Con la necesidad tan extendida, los residentes hacen lo mismo.

Durante un viaje reciente a la despensa, Sierra, la madre de Nueva Jersey, abrió el baúl de su Toyota 1999 y urgó en las dos cajas grandes que los voluntarios acababan de colocar allí. Había huevos, pollo, pan, mantequilla, queso y manzanas, y pensó: “Tengo más de lo que necesito”.

Dijo que nunca desperdiciaría alimentos. Cualquier extra iría a sus vecinos y a sus hijos hambrientos.

Laura Ungar/Kaiser Health News

La corresponsal del Midwest Cara Anthony y la editora de datos Elizabeth Lucas colaboraron con esta historia.

 

En 10 años, más viejos que niños en Estados Unidos

En la medida que envejece la población estadounidense, se espera que haya en el país más adultos mayores que en edad productiva, de tal forma que en el año 2030 habrá un mayor número de residentes de 65 años, o más, que de niños, de acuerdo a estimaciones de la Oficina del Censo.

Para esa década, una quinta parte de la población total habrá alcanzado la edad de jubilación de 65 años. Se trata de una sociedad que envejece, y refleja el impacto continuo de la gigante generación de los Baby Boomers que nació después de la Segunda Guerra Mundial.

El censo estadounidense estima que para el 2035, habrá 78 millones de personas de 65 años o más, en comparación con 76.4 millones de menores de 18 años. El envejecimiento de los Baby Boomers significa que en tan solo un par de décadas, se prevé que las personas mayores superen en cantidad a los niños por primera vez en la historia de Estados Unidos.

Para agencia proyecta que la década del 2030 será “transformadora”, con una población de mayor edad que crece a un ritmo más lento y es más diversa en términos raciales. También afirma que la inmigración será el principal impulsor del crecimiento de la población en diez años.

En el 2020 Estados Unidos tendrá aproximadamente 3 1/2 adultos en edad de trabajar por cada persona en edad de jubilarse. Para el 2060, la relación disminuirá a solo 2 1/2 adultos en edad de trabajar por cada persona en edad de jubilarse, detalla la información del censo.

Otras proyecciones indican que la edad promedio aumente de los 38 años actuales a 43 para el 2060. La población crecerá gradualmente a un ritmo más lento, a un promedio de 2.3 millones por año hasta el 2030, a 1.8 millones por año entre el 2030 y el 2040, y a 1.5 millones por año desde el 2040 hasta el 2060. Y para el 2060, la población de Estados Unidos crecerá en 78 millones, de los 326 millones actuales a 404 millones.